La hormiguita de Magnum


La palabra no lo es todo
27 Febrero 2009, 9:42 am
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Erróneamente se tiende a pensar que sólo con la palabra somos capaces de comunicarnos, que el sonido o la escritura son los únicos canales posibles para llegar a mantener una conversación, para establecer una conexión comunicativa. Este planteamiento del fenómeno comunicativo constituye el mayor de los errores.

 

Para expresar tus sentimientos, tus conocimientos, tu forma de pensar y tus deseos necesitas comunicarte, pero no siempre lo has de hacer a través de las palabras. Porque comunicar no es sólo hablar. De hecho, según Lair Ribero, autor de La magia de la comunicación, “para convencer a alguien lo más importante no son las palabras que utilices sino el tono de voz con que las pronuncias y la postura personal que adoptes”. Además, no siempre son necesarias esas palabras de las que escribe el Doctor Lair Ribero.

 

Un signo, un gesto o simplemente una mirada, pueden constituir la mayor expresión de comunicación posible. Una sonrisa, una actitud o, incluso, una determinada postura puede expresar una determinada sensación, con más claridad incluso, que las propias palabras.

 

El misterio de la comunicación cada vez lo constituye un abanico más amplio de posibilidades. Aunque la palabra sea el mayor exponente posible del fenómeno comunicativo, hoy puede ser considerado como uno de los recursos menos útiles para lograr la persuasión o el convencimiento de otra persona. Estos es sabido por publicistas, comunicólogos y periodistas que cada vez utilizan recursos más recónditos para lograr lo que años atrás se conseguía mediante la palabra.

 

Por ello, no por no utilizar palabras, los medios y demás soportes de comunicación dejan de incitar la manipulación o alteración de las ideas propias. Se trata del mismo fin pero utilizando medios distintos.

 

Por Rafa Reyes



Nueva publicidad: vallas humanas
25 Febrero 2009, 4:36 pm
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La sociedad actual nos bombardea con miles de mensajes de los que no podemos escapar salvo que quieras olvidar en casa el móvil, no consultar el correo electrónico, perderte tu serie favorita, mirar al suelo al andar o mantenerte desligado de la actualidad informativa. Por eso, muchas agencias de publicidad han optado por diferenciar a sus clientes utilizando no sólo nuevos contenidos y nuevas formas en sus mensajes, sino también soportes innovadores como una cabeza o unos párpados, a imitación de los míticos hombres valla.

 

Esta es la idea que una aerolínea de Nueza Zelanda ha empleado para promocionar su nueva campaña publicitaria: ¿Necesitas un cambio? Baja a Nueva Zelanda: www.airnewzealand.com. Esta es el eslogan que 700 personas han llevado en sus cabezas durante 2 semanas.

 

¿Eres capaz de evitar ver a 700 cabezas con un lema tatuado en el cogote? Durante dos semanas estas 700 vallas humanas pasearon la publicidad de la aerolínea. Los protagonistas de la campaña aseguran que les preguntaban unas 40 veces al día por la promoción que llevaban tatuada en la cabeza. Otra empresa promovió una campaña parecida pero en esta ocasión el mensaje iba escrito en los párpados.

 

¿Arriesgado? ¿Diferente? ¿Confuso? Posiblemente, pero también muy efectivo. De hecho, el mejor resultado que puede ofrecer este tipo de publicidad es provocar tanto interés que los propios medios de comunicación acaben haciendo, de un caro anuncio en prensa, una noticia de actualidad y mucha originalidad. 

por Palma Barbancho Mena



Todos contra las redes sociales
24 Febrero 2009, 10:37 am
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Tengo sobre mi mesa infinidad de recortes de prensa del fin de semana con reportajes en profundidad sobre el peligro de las llamadas redes sociales para los menores. Es impresionante el debate generado en las últimas semanas en torno a la dudosa protección de la intimidad de los adolescentes en estas páginas de Internet.

 

Lo curioso es que los mismos medios que han alertado de este peligro, han sido los primeros en tirar de fotos del Tuenti para ilustrar con imágenes privadas el desgraciado episodio sin resolver de la desaparición de Marta del Castillo. No han hecho más que multiplicar los efectos de esa supuesta “violación” de la intimidad y han presentado una imagen de la menor que quizás sus padres no querían guardar en el álbum de su memoria…

 

También es curioso como, en los últimos tiempos, el auge de adhesiones a estas redes ha ido en paralelo a su “demonización”.  Según una información del diario El Mundo de ayer lunes 23 de febrero, España es el segundo país europeo en participación en redes sociales, por detrás de Reino Unido. Al menos 13 millones de españoles están conectados a Tuenti,  MySpace o Facebook. Todo el mundo lo critica pero nadie se da de baja…

 

Este debate ha evidenciado también la brecha digital entre padres e hijos. La nueva generación digital ha encontrado el campo libre para sus flirteos adolescentes sin que los padres sepan controlar la exposición de sus hijos a los peligros del anonimato en Internet.

 

Más allá de las relaciones sociales para grandes y pequeños, lo que no hay duda es que  las redes sociales son una poderosa herramienta de comunicación, herramienta, no arma. Como siempre, el problema es el uso que se haga de las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías (que cada vez son menos nuevas). Quien no quiere ser visto y sabe cómo hacerlo, está libre de peligro.

 

Las empresas han descubierto un nuevo escenario donde posicionar sus intereses corporativos. Estas redes se han incorporado a los que se conoce como “nuevos medios”. No son la panacea,  pero dentro de una estrategia bien pensada, que combine canales y públicos variados, pueden dar resultados sorprendentes.

 

Parece que estamos asistiendo a una revolución dentro de la revolución digital a la que no le vemos el final. Primero fueron los medios de comunicación digitales, que  trajeron la inmediatez y multiplicaron los portavoces. Ahora, con las redes sociales, sabemos quién es quién, sus gustos y costumbres. Unos patrones personales cuyos usos comerciales sí que no están del todo claro.

 

En fin, no todo es tan malo como nos lo pintan. Pero, como suele pasar en el mundo de la comunicación, creemos que la solución es matar al mensajero…

 

Por Alfonso Pérez-Ventana

 



Comunicación y crisis. El momento de la verdad.
16 Febrero 2009, 10:03 am
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Tengo un buen amigo que siempre me dice que las empresas no deben venderse cuando están en crisis, sino cuando están en sus mejores momentos. Algo parecido ocurre con la comunicación empresarial. Nunca debe prescindirse de ella, pero si en algún momento hay que hacerlo, es preferible elegir los momentos buenos, y no los momentos de crisis.

 

Prescindir de la comunicación en un momento de crisis es, a mi entender, un error estratégico, ya que se interpreta como la confirmación definitiva de que la empresa ha dejado de vivir, está acabada.

 

De hecho, cuando la sociedad o el mercado perciben esa señal, la interpretan como un aviso de que algo no funciona, y reaccionan marcando distancias, aislando al enfermo. Entiendo, sin embargo, que la empresa que comunica está viva, es más atractiva y seduce más fácilmente a la demanda.

 

La imagen de una compañía en retirada o en bajos momentos no beneficia en nada a sus resultados. Es precisamente en los momentos bajos cuando hay que activar lo mejor de la compañía y su imagen pública, aunque no haya motivos objetivos ni suficientes para hacerlo.

 

El precio de un paréntesis en la comunicación suele ser muy alto, sobre todo, porque el mercado siempre lo percibe en términos de abandono o retirada. Son precisamente las compañías que confían en la comunicación y saben gestionarla en situaciones de crisis las que antes salen de ellas.

 

El fundamento de este convencimiento está en que los procedimientos de gestión de una compañía experimentan una mejora en función de la comunicación, tanto interna como externa. Y también al revés: tienden a empeorar o estancarse cuando la comunicación está ausente y no circulan las informaciones. Y ahí radica, en gran medida, el termómetro de la crisis de una compañía.

 

por José Montero



La cigarra y la hormiga (versión Web 2.0)

Érase una vez una cigarra alegre y dicharachera, despreocupada del mundo y de su porvenir, que se dedicaba la mayor parte del año a cantar tumbada al sol disfrutando de una vida ociosa, mientras veía pasar a una esforzada hormiguita día tras día atareada en aprovisionar comida y preparar su hogar para cuando vinieran tiempos peores. Como el año era largo y el clima cálido y agradable, la cigarra echada en su hamaca no hacía mucho caso de los periódicos que, día tras día, iban anunciando la llegada del crudo invierno.

 

Y el invierno llegó. Frío, muy frío. Más incluso de lo que todos los periódicos habían predicho. Llovió, nevó e hizo un viento fortísimo que se llevó volando a otras muchas cigarras, tan poco previsoras como ella, a las que no se volvió a ver nunca. La de nuestra historia tampoco estaba preparada. No tenía comida, se había quedado sin comprar abrigos en las rebajas (a pesar de que ese año las habían adelantado) y, por si fuera poco, de tanto vivir al aire libre con la bonanza de los templados meses anteriores ni siquiera se preocupó en buscar una casita. O una pensión. O algo. Con lo que ahora se las veía y se las deseaba para sobrevivir y salir adelante, en espera de que el sol regresara a calentar sus huesos y todo volviera a ser como cuando podía dedicarse a holgazanear tranquilamente.

 

Mientras tanto la hormiguita, que precavida y sabiamente había currado todo el tiempo por si las cosas cambiaban, veía caer chuzos de punta sobre todas las cigarras del barrio desde la calidez de su refugio, con comida en la despensa y ropa en el armario. Ella sí había hecho caso de los periódicos y había tomado medidas contra la llegada del invierno. Había asegurado puertas y ventanas, instalado calefacción central y reforzado los posibles focos por donde su casita podía hacer aguas si la tormenta arreciaba. Estaba más que preparada para resistir lo que se le viniera encima.

 

“¿Y qué voy a hacer ahora que no hay quien salga fuera con la que está cayendo?”, pensó la hormiguita. Y siempre activa, eficiente y trabajadora, ¿sabéis qué hizo? Empezó a escribir un blog.

por Fernando De los Ríos